Dom. Sep 13th, 2020
    el sentir de un costalero

    El Sentir de un Costalero

    Amaneciendo el Jueves Santo mi corazón se llena de alegría. Es el día grande. Es el día que llevo esperando todo el año, como cuando era pequeño y esperaba a los Reyes Magos. Al comienzo de la Cuaresma siento un pellizco en la boca del estómago al meditar cómo viviré ese momento; y todos los años experimento la misma sensación, el mismo fenómeno: emoción plena, tan sólo equiparable al nacimiento de mis hijas. Ser Costalero es algo grande, muy grande.

    Es vivir en unas horas que califico, sin lugar a dudas, de mágicas, la sensación más hermosa que un creyente en Cristo Jesús puede «disfrutar», al llevar con su esfuerzo, en la Procesión en la que participa, el Paso donde descansa la Imagen que venera.

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    Antes de proceder a colocarse en su puesto, en el varal o en la trabajadera, el Costalero tiene unas vivencias muy intensas, que durante todo el año desfilan ante su mente, llenando de gozo su alma: el momento en el que prepara el Costal en compañía de algún buen amigo, o cuando ayudado de otros se coloca la faja y la Medalla.

    Pero con todo, lo que hace al Costalero explotar su corazón de suprema alegría, es vivir la primera «levanta’», cuando una vez colocado el Paso de su Cristo o Virgen, en la puerta del Templo para iniciar el desfile procesional, sus oídos, perciben clara y emocionada la voz de su Capataz, que dominando sus nervios exclama: «Vamos mis valientes, al Cielo con ÉL» o « Viva la Madre de Dios, todos por un igual, al Cielo con Ella, a ésta es mis valientes».

    El Costalero templa su espíritu, cuando está preparado en la trabajadera, y oye la voz recia del Capataz llamar, mientras hace sonar el martillo. En esos instantes, el Costalero toca el Cielo con las manos descubriendo al Nazareno y a su Madre de otra manera. Allí el hombre descubre que es un ser trascendente y que la muerte no es el final.

    Allí se contemplan 42 voluntades con el rostro cubierto de sudor, haciendo girar el Paso, lenta y parsimoniosamente en un palmo de terreno, mientras la Imagen con su mirada llena de amor y emanando soledad, pena, y profunda majestad, erguida nos contempla. Es allí, donde en la llamada al Cielo, el Costalero empuja con todo su candor, su orgullo, y su poderío que naciendo del corazón, eleva de tirón el Paso de su Cristo o de su Virgen.

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    Cuando la Procesión finaliza, y el Señor o su excelsa Madre, entran de nuevo en su Templo, el Costalero siente pena. Está en esos momentos vencido, pero lleno de amor. Recuerda a sus hijos, a su esposa, a sus padres y, sobre todo, con la mirada empañada por las lágrimas, mira a su Cristo o a su Virgen queriendo abrazarse a ella, musitando, mientras la pena le embarga la oración que aprendió:

    «Padre nuestro Gran Poder, danos tu paz amorosa, y tu Cruz en cada cosa que nos quieras conceder, el pan nuestro merecer al filo de cada día, el alcanzar la alegría de tu divino consuelo, y el ir de Cadiz al Cielo después de nuestra agonía».

    Cuando todo ha terminado, el Costalero abandona el Templo humildemente, pero a la vez legítimamente orgulloso. Entonces todo vuelve a comenzar para él. De nuevo sueña con la próxima Semana Santa. A lo largo del año, el Costalero vivirá momentos ingratos, duros, exentos de amor, pero en los instantes de pena profunda, hay algo que le infundirá ánimos para seguir adelante: el murmullo imborrable en su alma de la voz de su Capataz: «Vamos mis valientes, al Cielo con ÉL».

     

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